viernes, 11 de julio de 2014

I La fuente y la soberbia

Me paso que desperté un día y quise ser totalmente libre. Empece por librarme de mis angustias tontas, las angustias son un sentimiento de pesades provocado por la incomodidad, la incomodidad proviene de un disgusto, es decir, fácil y llanamente es que algo no nos gusta y si algo no nos gusta debemos erradicarlo o transformarlo.
Después de hacer esto comencé a deshacerme de mis bienes innecesarios, de los malos hábitos y de los buenos hábitos que son falsos. Me vi a misma en un espejo y me vi desnuda de todo. Sucedió también que me libre de ataduras emocionales, y así libre de amarres construí una fuente de amor donde cualquiera podría bañarse, pero a cambio debería mantener limpia el agua, así se mantendría siempre cristalina y fresca para cualquiera...

Pero resulta que en esa fuente hermosa tallada de mármol blanco, entre guirnaldas se erguía mi propia imagen, igualmente tallada, una figura perfecta y detallada, mi mejor rostro, los ojos petrificados, el cabello simulando un viento que no existe, por que todo estaba estático ¿De donde salio una fuente tan hermosa?


Mi soberbia es distinta a las corrientes, mi soberbia habita y se consuma en la oscuridad y cuando sale a la luz lo hace agitando un par de cascabeles, hace su música, baila fragilmente con pies descalzos. Mi soberbia tiene la fortuna de ser amable y cariñosa.


Agitaba sus cascabeles y bailaba en una plaza ¡crin crin! Saltando alrededor de una mujer de mármol rodeada de flores blancas de cuyas manos brotaba agua ¡trin trin! Se había hecho una competencia entre el repiqueteo del agua ¡trin trin! y los cascabeles ¡crin crin!
 Un mercader, vestido de rojo oscuro y con bonete, desplegaba su mercado en la plaza mientras canturreaba un tango. Era un ejemplar recio, fuerte y alegre, en sus ojos había una claridad deslumbrante, pupilas finas y un iris almendrado.
Su mercancía abarcaba de todo, había sacado el hombre alfombras, percheros, cojines, libros, bancos, sillas, armarios llenos de telas y ropa, espejos, caballetes, baúles y cajas de todos los tamaños, mesas de café sobre los cuales coloco metódicamente bandejas, frascos, lamparas, juguetes, copas romas, navajas, muñecas morenas y blancas, jarras, platos y tazas, cajas de música, cafeteras de cristal, cubertería de latón y de plata, peines, gatos de porcelana, costureros abarrotados de hilos de todos los colores, cajas y alajeros mas pequeños donde había un sin fin de diminutos objetos, botones, horquillas trenzadas, broches de cobre, patas de conejo, alfileteros turcos con alfileres de cabezas de animales, conchas, balines, llaves sin cerrojo y candados abiertos, aretes, prendedores, perlas, pedazos de carboncillo y cubitos de pigmentos, anillos, monedas, cascabeles.
La soberbia veía de reojo mientras seguía repiqueteando con la fuente, daba tres pasos hacia atrás, dos hacia adelante, girando los pies. Lentamente se acercaba al bazar ¡crin crin!

¿Nunca han sentido esa urgencia por fundirse en el universo?


He pensado en la muerte, he pensado en la vejez. Y de alguna manera no logro relacionarlas, no me imagino muriendo de vieja. No me imagino muriendo. Me gustaría convertirme en un fantasma que vagara por el mundo, ver el fin de los tiempos, ser inmortal.
Cuando lo digo en voz alta me dicen que me quedaría sola, todos a los que conocerías morirían. No me perturba en lo mas mínimo, me embelesa. Seria renovarse todo el tiempo, el cambio me fascina, todas las posibilidades, amar constantemente.
Y si muero, cosa que no pasara, saldría a ver las nebulosas y galaxias, las estrellas muertas y el infinito, viendo todo al mismo tiempo, siendo todo al mismo tiempo, explotando en algún sol, viajando en un cometa, gases tóxicos sobre un planeta inhabitable, explotar, explotar, implosionar y dar paso al vacío para después explotar de nuevo.
Lo anhelo, la luz eterna es eso.

¡Horror! ¡Ya lo recuerdo, ya lo recuerdo! Si, este cuchitril, esta morada del tedio eterno es, sin duda, el mio. he aquí los mismo muebles escolidos, polvorientos y descantillados. la chimenea sin llamas ni rescoldos, manchada de salivazos.
La ventana, donde la lluvia ha trazado surcos en el polvo, los manuscritos, tachados e incompletos. El calendario, donde el lápiz trazo las fechas siniestras.
De aquel perfume de otro mundo, que me embriagaba con una sensibilidad ya decantada, solo queda ay! un rancio olor a tabaco, a un no-seque moho nauseabundo
Aquí se respira lo rancio de la desolación.

Baudelaire